miércoles, 6 de enero de 2010

XXI


Sale de casa, sabiendo que va tarde, como siempre. Sus mil primos deben estar ya correteando por la casa de su abuela, subiéndose a los muebles e intercambiando los regalos. Sin embargo, ella sale ahora de casa porque tenía que llamar a sus amigas... Pero algo se interpone entre ella y sus regalos de reyes. Un sobre asoma bajo el felpudo, y se retiene a recogerlo. Dentro, una cartulina con pocas palabras:
"Vale por unas clases de guitarra con el profesor del 7ºB, para una alumna del 9ºA (¿con, o sin guitarra?)"

Sonríe. Se ha acordado. Cierra la puerta a su espalda y se sube al ascensor, sabiendo que es uno de los mejores regalos de reyes de ese año.

Cuando llega a la calle, sin embargo, se da cuenta de la única pega. ¿De dónde va a sacar ahora una guitarra?

domingo, 3 de enero de 2010

XX

Justo cuando va a entrar en el ascensor, escucha unas llaves que se caen fuera y una exclamación. "¡Mierda! Joder... ¡Mierda!". Reconocería esa voz en cualquier parte, aunque no la había escuchado nunca tan malhumorada. Acude en su ayuda y le ve, plantado en la puerta, apenas unos vaqueros desgastados tras un montón de cajas. Abre rápidamente y atrapa las de arriba, las más precarias.

- ¡Por Dios! -exclama él-... Ah, eres tú... Muchas gracias.

-Nada, nada. ¿Y todo esto? -pregunta, mientras le sostiene la puerta y recoge las llaves del suelo.

-Pues ya ves, que tengo muchísimos primos.

Entran en el ascensor y ella pulsa el siete y el nueve, mientras él sujeta las cajas entre la pierna y la pared, apoyándose con cara de cansancio en el espejo.

-Madre mía, qué poquito queda para reyes, ¿eh? Qué horror...

-Te pilla el toro, ¿no?

-Es que lo dejo todo para el último día -se excusa él con una sonrisa débil-. ¿Y tú qué te has pedido para reyes?

-Una guitarra -contesta ella impulsivamente.

-Ah, ¿pero tocas?

-Bueno, no, quiero aprender.

-Pues en estas fechas ya no sé si te van a coger en algún sitio... ¿O vas a ir en plan autodidacta?

-No, yo de eso no gasto... Con profesor, mejor.

Tintintin.

-Buena suerte, entonces. A ver si te lo traen...

Ella solo sonríe, y le tiende las cajas, que él atrapa como buenamente puede. Cuando las ha estabilizado, se da cuenta del día en que vive y él exclama:

- ¡Feliz año, por cierto!

Ella se adelanta, él aparta las cajas, pero se detienen, atrapados por la timidez, y no se dan los dos besos de rigor.

-Igualmente -sonríe ella, se aparta el pelo de la cara y se sonroja.

-Hasta luego.

Y, sin más, cierra la puerta.

martes, 29 de diciembre de 2009

XIX

Entra al portal y, cómo no... ¿Es que no hace más que salir y entrar en casa? Pero sonríe, y ella también. Porque él es una sonrisa, y calor, compañía y consuelo. Porque es navidad, y no puede enfadarse con él por tener novia... Porque no es justo ser tan egoísta y, aunque la vida no sea justa, no puede dejar de intentarlo.

Así que se acerca a él y se planta delante del ascensor, sin saber qué decir. Entonces él la mira y se ríe.

-Tienes... Tienes algo... Ahí -señala su mejilla.

- ¿Yo? ¿Dónde? ¿Aquí?

De pronto, estalla en carcajadas.

- ¡Inoceeente!

- ¿Qué?

-Que no tienes nada, boba...

Tintintin.

-Anda, entra -se sigue riendo-... Qué cara, madre mía, parecía que te había dicho que tenías una pulga o algo...

-Pero... Pero... ¡Pero el día de los inocentes fue ayer!

-Ya... Pero no te vi.

-Pues vaya porquería de inocentada... ¿No te han hablado de las bombas fétidas, ni nada? -ahora ríe ella también.

-Algo me han contado, pero... Es que soy demasiado bueno. Siempre me lo dicen.

-No hace falta que lo jures... -murmura ella, irónica.

- ¿Qué?

Tintintin.

-Nada, nada... Hasta luego.

-Hasta luego.

Cuando va a cerrar, ella se acuerda de algo. Duda. ¿Se lo pregunta? No quiere saberlo, pero seguro que él esperaba la pregunta...

- ¡Espera, espera, espera! -sujeta la puerta- ¿Qué tal con los suegros?

-Ah... Bueno -se encoge de hombros-. Suegros. Ya sabes.

Sonríe. Sí, ya sabe.

-Más suerte la próxima.

-Si la hay...

Cierra la puerta, y el ascensor se pone en marcha, llevándosela junto a su pregunta. ¿Qué ha querido decir con "Si la hay"?...

jueves, 24 de diciembre de 2009

XVIII

Deja las bolsas en el suelo, resoplando. Menudo momento para mandarla a comprar... Seguro que se ha perdido la entrada triunfal de su primo José, con lo loco que está, cada año hace algo nuevo... Pero nada, había que ir a por hielos y a por el champagne. Menos mal que ya lo tenían encargado, porque si no brindaban con gaseosa...

Tintintin.

Pulsa el nueve con rabia, enfadada. Enfadada con su padre, por olvidarse aquella mañana de comprar hielos y champagne. Enfadada con su madre, por empeñarse en mandarla a ella solo diez minutos antes de que llegue todo el mundo. Enfadada con José, por ser siempre tan puntual. Enfadada por el maldito ascensor, que no puede ir más lento...

Tintintin.

Y enfadada con el séptimo, que parece que no haya otro piso. Maldita sea.

- ¡Hola!

Alegre, como siempre. Pues no le da la gana, está de mal humor.

-Hola.

-Subes, ¿verdad? -señala sonriente las bolsas. Ay, qué gracioso es, se creerá sagaz y todo...

-Sí, subo.

-Pues nada, pásatelo bien... ¡Ah, y feliz navidad!

Pero, justo cuando va a cerrar la puerta, ve la humedad en su frente. Su sonrisa tirante. Su tono, tan exageradamente jovial que resulta falso. Y se rinde.

- ¿Estás bien?

Carraspea, incómodo. Deja que la crisis invada su cara, sonríe con timidez.

- ¿Tanto se me nota? -sonríe, comprensiva, y asiente- Pues no, no estoy del todo bien... Es que hoy ceno en casa de Emma, y voy a conocer a sus padres... Jé... Estoy un poco nervioso.

Sus buenas intenciones navideñas se evaporan como la nieve de hace dos días.

-Pues buena suerte. Perdona, tengo prisa -coge la puerta desde dentro y cierra con rapidez.

Suspira. Será imbécil...

lunes, 21 de diciembre de 2009

XVII

Se sopla las manos, tratando de darse un poco de calor en este día de frío intempestivo. No suele nevar en la ciudad, pero parece que incluso el cielo ha notado que se acerca la Navidad. En ese momento, se abre la puerta y, junto al viento helado, entra él.

- ¡Anda! -se sorprende ella- ¡Cuánto tiempo!

- ¿Verdad? -asiente él- ¿Qué tal todo?

Pero ella no puede contestar, porque suena su movil. Él lo coge, con una curiosa expresión de entre miedo y rabia.

- ¿Emma?... Sí, vale, pues quedamos... No, ahora no, no pue... ¡No!... Mira, lo hemos hablado, no creo que sea... ¡¿Me dejas hablar?!

Tintintin.

Suben ambos al ascensor, y ella pulsa el siete, mirándole, insegura. Él sonríe y asiente, pero inmediatamente vuelve a fruncir el ceño y a hablar con su interlocutora.

- Es que mi opinión también tendrá que contar para algo, ¿no?... No quiero discutir esto contigo así, por teléfono... Pues porque no nos vamos a cabrear por algo tan tonto, ¿no te das cuenta? Si no es, pues no es, y ya está... Claro... Luego te llamo, estoy en el ascensor y casi no te oigo.

Cuelga, se guarda el móvil en el bolsillo y clava la vista en el techo, con un suspiro. Ella, tímida, se pregunta si aún tiene derecho a saber qué pasa. Por fin, murmura:

- ¿Problemas en casa?

- ¿Eh? Ah, no, no... Ese es el problema, que en casa no...

- No entiendo.

- Era mi novia, Emma... Quiere que vivamos juntos, pero...

- A ti no te apetece -asiente, comprensiva.

- Sí, sí que me apetece -la corrige él-, pero en mi casa no cabemos, y... La verdad, no me apetece otro traslado tan pronto.

- Ah... Vaya.

No sabe qué decir. "No te vayas, que venga ella. O que no venga. " "Si tanto discutís por eso, es que es importante para ella. O que no te merece." "No frunzas el ceño así, estás muy raro enfadado..."

Tintintin.

El séptimo, y no ha dicho nada. Él sale sin despedirse del ascensor, y cuando la puerta se cierra y ya escucha sus llaves en la cerradura, ella se traga las palabras amargas.

lunes, 30 de noviembre de 2009

XVI

Cuando llega, dos personas esperan el ascensor. Un escalofrío recorre su cuerpo. Qué asco. Intenta ignorarle, y saluda a Dani.

- ¡Hola!

-Hola -contesta él, sonriendo.

Se miran, cortados por la presencia del vecino. Saben que sobra, que ese ascensor es solo suyo, pero también que no pueden echarle.

- ¿Te dieron la nota de la disertación? -pregunta él, por fin.

-Sí -contesta ella, todavía más feliz-... Saqué un ocho.

- ¡Felicidades!

Tintintin.

Suben los tres al ascensor, y el vecino pulsa el número diez. Ella pulsa el siete y el nueve, y calla, preguntándose si su presencia la protegerá... Pero entonces el vecino habla:

- ¿Pero tú en qué curso estás ya, guapa?

Clava la mirada en el suelo y contesta con un susurro ahogado:

-En primero de Bachillerato...

Y cierra los ojos. Ya lo siente. Sus pupilas recorriendo su cuerpo, sucias, inquisitivas, como garras lujuriosas. No tiene nada especial, no debería seducir la imaginación retorcida de ese tipo, pero lo hace. No sabe por qué no le gusta a ningún chico del instituto, y en cambio un hombre cuarentón, chupado y picado de viruela se la come con los ojos cada vez que coinciden en el ascensor.

Cada piso se hace eterno. No quiere abrir los ojos, no puede. Sabe que, si le mira, sonreirá de esa manera. Comienza a escuchar unos golpecitos rítmicos. Golpes con el pie. Y el movimiento de Dani a su derecha.

Tintintin.

Séptimo piso. "No te vayas. No me dejes sola..." De pronto, nota una mano en el brazo y pega un respingo, sobresaltada.

-Ven -le dice entonces él-, que te enseño lo que te dije el otro día...

Le mira, sin comprender. Él le aprieta el brazo con el ceño fruncido y la arrastra fuera del ascensor. Después, le echa una mirada furibunda al vecino y murmura:

-A ver si no nos vemos mucho por aquí, ¿eh? Venga, hasta luego...

Y cierra la puerta de un golpe. Ella le observa, sorprendida.

-Qué asco de tío -murmura él, todavía con el ceño fruncido-... ¿Estás bien? -ella asiente con la cabeza- ¿Quieres pasar, o prefieres subirte a casa?

-Yo casi que me subo -contesta, todavía sin poder reaccionar.

-Pues te acompaño.

Y se dirigen a la escalera, dispuestos a subir dos pisos en el más absoluto silencio. Cuando ya están delante de su puerta, ella murmura:

-Gracias...

-De nada.

-Te debo una.

-Me la puedes devolver -ella le interroga con la mirada-. ¿Cómo te llamas?

Ella sonríe.

-Miriam.

Él sonríe a su vez, y se marcha escaleras abajo mientras ella desaparece en las entrañas de la casa vacía.

sábado, 21 de noviembre de 2009

XV

Nada más subir al ascensor, abre el grueso y enorme libro, buscando algo; algo muy concreto. No consigue encontrarlo, pero sabe que tiene que estar ahí.

Tintintin.

Séptimo piso. Y, como si no hubiese más casas en ese piso, aparece él.

-Buenos días -saluda-... ¿Qué tal la disertación?

-Bien, bien -contesta ella, distraída-... Ya la he entregado, a ver cuando me la devuelvan la nota...

- ¿Qué estás viendo?

Ella levanta el libro trabajosamente, dejándole ver la portada.

-Arte del siglo XX -lee él-... Ah. ¿Y cuál es tu pintor favorito?

-A ver si lo adivinas -le reta ella, segura de que no lo conseguirá.

Él finje pensarlo unos instantes, seguro de cuál será su respuesta.

-Dalí -ella pone cara de sorpresa, y él ríe-. Y, además, te puedo decir incluso el cuadro que andas buscando: "Muchacha en la ventana".

Ella asiente, muda. ¿Cómo lo ha sabido? Él parece escuchar su inaudible pregunta, y sonríe aún más ampliamente, seguro en su inaccesible torre de infalible intuición.

-Dalí es lo suficientemente perturbador como para que te fascine, pero... "El gran masturbador," por ejemplo, es demasiado agresivo para ti. "Muchacha" es el equilibrio perfecto.

- ¿Y cuál es tu pintor favorito? -pregunta ella, curiosa.

- ¿No lo adivinas? -y echa una intencionada mirada al libro.

Tintintin.

Ella lo ojea mientras caminan hacia la puerta de salida. De pronto, da con la respuesta, triunfante.

-Monet.

Él asiente, sonriente.

-Qué bien me conoces...

-Intuición femenina -contesta ella, contenta de haberle dejado sin palabras, al menos una vez.

Sin dejar de sonreir, sale a la calle y se dirige a la biblioteca a devolver el libro, sin saber que esa torre de intuición que ha conseguido atisbar se está resquebrajando.